(Tantas ideas que no sé dónde iniciar).

El otoño del patriarca está estructurada fabulosamente, para unos, tediosa y pesadamente, para otros. El realismo mágico cobra vida en estas páginas pero nunca deja de ser algo con el cual se pueda identificar.

–       Porque al fin somos perros de nosotros mismos.

–       El enemigo más temible estaba dentro de uno mismo en la confianza del corazón.

Los seis capítulos de este libro están formados por un solo párrafo que permiten la visión de la llegada y caída al poder de un dictador. Cada capítulo me hizo ver a Fidel Castro, Chávez, Ríos Montt, Portillo, Colom y Sandra Torres.

–       De modo que aquí no me sacan sino muerto, decidió, golpeando la mesa con su ruda mano de doncella como sólo lo hacía en las decisiones finales.

Cada capítulo inicia con la muerte del dictador, la descripción de la escena en la que hallan al dictador tirado, sin más vitalidad ni poder en su cuerpo. Sin embargo, la patria debe continuar ya que por tanto tiempo fue así, el poder no sabía lo que sucedía. No daban noticias que podrían alterar al general.

–       Los militares son todo lo contrario de usted, general, son hombres de ambiciones inmediatas y fáciles, les interesa más el mando que el poder y no  están al servicio de algo sino de alguien, y por eso es tan fácil utilizarlos… sobre todo los unos contra los otros.

Las páginas van descubriendo los sentimientos del general, al lector y al general mismo, mediante la historia de su origen, vida y las personas que han estado en su vida. Poco a poco se comprende que realmente toda autoridad, tras ser despojada de los estúpidos títulos y aires de grandeza, es más ordinaria que un borracho tirado en la esquina en la madrugada de un domingo. Se tiene el poder simplemente porque ha sido concedido; el poder es efímero.

–       …esta patria que no escogí por mi voluntad sino que me la dieron hecha como usted la ha visto que es como ha sido desde siempre con este sentimiento de irrealidad, con este olor a mierda, con esa gente sin historia que no cree en nada más que en la vida, ésta es la patria que me impusieron sin preguntarme, padre, con cuarenta grados de calor y noventa y ocho de humedad en la sombra capitonada de la berlina presidencial.

García Márquez me hizo recordar en el último maravilloso capítulo, una sola oración de 57 páginas, porqué le dieron el Premio Nóbel de Literatura.

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